Retrato de un pastor picard
He aquí un dibujo a lápiz como a mí me gustan. Este retrato de pastor picard , un perro de gran tamaño, semejante al lobo de la imaginería infantil, tiene un pelaje gris plateado bastante áspero que se prestaba bien para un dibujo a lápiz... o quizá debería decir "a lápices", porque para obtener la apariencia cincelada en el dibujo del pelo, y los matices de los reflejos y sombras, tuve que utilizar toda la gama de lápices de mina de plomo, del lápiz más seco al más graso.
Conocí a este cliente en Bélgica, en una exposición floral cerca de Bruselas llamada "Jardins d'Aywiers". Es una historia divertida, dejadme que os la cuente.

Tengo un amigo pintor que a menudo hace cosas muy bellas. De vez en cuando llamo a su mujer para saber qué tal les va. Un día me dijo que acababan de volver de una exposición en Bruselas a la que no se les ocurriría volver.
"¿Y eso? ¿Por qué?" - pregunté
No hemos vendido mucho" - me respondió ella - "pero   sobre todo porque es el sitio más esnob de Bélgica. Era muy chic y muy frívolo, lo que más odio."

"¿Dónde? ¿Dónde?" ¿Un lugar chic, esnob y frívolo donde todo el mundo se concentra en ver y ser visto?
¡Tengo que ir como sea!

Ese mismo día removí cielo y tierra para participar en la siguiente exposición de "Jardins d'Aywiers", que tendría lugar en mayo. Y vaya si me vino bien. Volví a ver a muchos clientes, a admiradores, e hice algunos contactos bastante prometedores.
Y es allí donde conocí a la dueña de este suntuoso perro, Madame Marcolini, que quedó un tanto sorprendida de que no conociera su apellido.
"¿No conoce usted los bombones Marcolini?"

¿Mmmm...? Yo me sentía afín con lo italiano, pero ese nombre no me sonaba de nada. Al parecer, los bombones Marcolini son al chocolate lo que el Rolls Royce al coche y Louis Vuitton a los bolsos. Muy bueno, muy caro... y muy chic.
Quedé con Madame Marcolini para hacer fotos al perro, que se había quedado en casa. Cuando entré en el salón de grandes ventanales, vi un lobo como de cuento, tan grande como un asno, aproximarse ladrando desde el fondo del jardín, a todo galope, y abalanzarse contra mí. Yo sólo tenía una cosa en mente: poner pies en polvorosa y correr a colgarme de la lámpara del techo. El pequeño monstruo llegó hasta mí a toda velocidad, se me abalanzó con las patas en alto, como para devorarme, arañándome de paso la cara, para acabar olfateándome bajo la nariz. Me sentía indefenso. Lo que me salvó fue, sin duda, el hecho de que me sentía más ofendido por lo descarado de aquel joven animal malcriado y estaba más preocupado por mi jersey de cashmir que por mí mismo.
A pesar de todo, cuando tuve que hacerle las fotos, aunque fuera bastante rápido, conseguí imponerle mi voluntad. "¡Sentado! ¡No te muevas!"... Pero no llegué a atreverme a echarme en el suelo para hacerle fotos...
¡Soy valiente pero no estoy loco !

A Madame Marcolini, que tiene un gusto exquisito, le encantaron mis cuadros de perros y me pidió que hiciera una nueva obra maestra (¡no hay que tener miedo de las palabras!) con el tema del chocolate... lo que era una idea magnífica... pero incluyendo a su querido ojito derecho en la composición... ¡glup!
Mmmm... la idea era convertir el cuadro en un vehículo de comunicación para la marca de bombones, lo que significaba aparecer en revistas, tener derechos de autor... muchas ventajas para mí ...
Pero a veces soy un poco tonto... un bocazas o por lo menos poco diplomático. Cometí la estupidez de decir que un perro que se parece al lobo malo de caperucita roja no sería un buen reclamo para vender ni iba en consonancia con el universo extremadamente refinado de los bombones Marcolini. Casi hubiera sido mejor que me hubiera callado la boca .

A la izquierda, una de las pocas fotos hechas a uno de mis retratos de perros a lápiz.
Retrato de un westie.


Y ahora algunos retratos de niños
con y sin sus perros.


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